¿Dónde estoy cuando no estoy?

Esas veces…

Esas veces que «estoy», pero «no estoy». No estoy porque mi mente se fue volando por otros cielos donde puede respirar mejor sus ideas. Tal vez pase cuando yo asista a una fiesta, todos hablan, bailan, toman, y de pronto, yo, vaso o taco en mano, entro en trance, miro a la nada, mis pupilas se dilatan un 20 o 30%, mis pestañas se inhabilitan y, sí, vuelo, vuelo hasta donde me sienta cómo, en paz, sea para pensar cosas positivas o negativas, deambulando entre ellas o con una sola, pero regularmente me quedo así hasta que regrese a mi cama.

Mi cama.

Santuario de mi memoria, dios de mis plegarias construntivas o negativas.

Y si alguien me habla, ¿qué hago? Puedo seguir con las reglas sociales y ser codial, aunque siempre intento sacarle la vuelta cualquier contacto hasta que me calme, o vuelva a un lugar seguro, repito, como mi cama. Mi cama.

De hecho hasta mi respiración cambia, mi forma de caminar y mirar también. Tenso o tranquilo, esto pasa.

Alguna vez una novia que tuve me reclamó que si por qué yo de repente cambiaba mi forma de ser, incluso en cómo doy mis pasos, contesto, veo, las palabras que uso, así como si yo fuera otro, un polo distinto, pero al parecer no agradable, al menos para ella. Y es que puede que en la mayoría de las veces, cuando me pongo de esta manera, puede que no sea afable, al contrario, creo que en estos respectivos momento la gente me rechaza, siente cierto repudio intrínseco que en seco me ignora, y así las cosas.

Hasta yo me ignoro.

Puede que me pierda entre ideas de ficciones creativas, o de teorías conspiranóicas, o en el famoso «hubiera» y en sus múltiples posibles «mejores» finales que hubieran tenido experiencias de mi pasado; o silogismos sin fin que a veces ni sentido tienen. O, a final de cuentas, me quedo con la pregunta “¿Cuál es la maldita realidad y el sentido de ella con nosotros y los demás seres?”, asimismo sin respuesta alguna.

¿Dónde estoy cuando no estoy? Pues, por ahí.

 


 

Rolita del momento: