Los humanos globalizados miran a las almas trémulas de Hollywood como dioses que deben rendirles tributo cada fin de semana… Y la realidad se vuelve entre Brad Pitts VS Bradley Coopers, o Jennifer Aniston VS Angelina Jolies…

¿Qué demonios nos pasa, gente? ¿Acaso no sabemos de la gente grandiosa que está a la vuelta de la esquina? ¿O el grupo teatral de su localidad? ¿O de las maravillas de la naturaleza que están en cada rincón del planeta? O los astros, sí, los verdaderos astros, no los artistas estadounidenses o europeos, no, los que están allá, arriba, esperándonos… Y sonriéndonos.

No sé qué hacer conmigo.

Lo he sentido a los 11.

Lo he sentido a lo 21.

Ya casi se acercan los 31.

Tengo miedo que esta sea mi vida; y es mi vida. Es mi condenada vida. Crisis tras crisis. Nada se disfruta: son semanas de glora, cuando mucho uno dos meses; luego sufrimiento, confusión, debilitamiento; me percato lo inútil que soy. Ya no quiero hacer nada.

Veo cómo con los demás es al revés: unos días o semanas de dolor, tal vez meses, pero lo demás es bueno o muy bueno; o extraordinario para los viven la realidad superior de Hollywood y similares.

Estoy cansado, triste, ya no harto, de mí. Quiero dejar de soñar y quitarme la vida como si se tratara de una sopa instantánea. No soy un genio, ni soy bello, soy yo el triste farsante que sigue vivo, pero en verdad ansía dejar de existir.

No quiero permitir que pase otro año. No quiero fenecer recordando las décadas de lo mismo y lo mismo, un regodeo melancólico y patético que da pena ser contado. ¿Por qué no soy como mis demás hermanos? O un poco «retrasado» de la cabeza, ingenuo, lindo, sin dolor ni fascinaciones por el lujo y el éxito; sólo un ser humano útil para tareas básicas y que nunca se angustiará por la existencia.

Si no hay finales felices, por lo menos quiero que esto termine de manera cortante, sin rodeos, sin nada más. Como si yo nunca hubiera existido.

No sé qué hacer.

Duele mucho.

Mucha gente hemos de estar así… Ojalá nadie sintiera esto, porque es peor que romperse un hueso o quedarse tuerto.

Aunque pierda la vista, seguirán mis manías, mis angustias. Mi ansiedad. Mis penas. Mis pensamientos. Mis ambiciones que abusan de mi condición de debilucho.

Es como si una pelea de box al réferi no se le ocurriera parar la pelea aun cuando uno de los contricantes yace en el suelo abatido, inconsciente, mientras el otro ilícitamente le sigue golpeando; hasta que pase el tiempo, un largo tiempo, y lo deje como carne molida.

Soy un sísifo que carga su depresión a donde vaya y ésta no aminora ni con pastillas. Tal vez la única manera sea con electroshocks o un martillo que dañe mi lóbulo frontal y me convierta en otra persona menos «genuina».

Bah, digo todo eso y con quitarme la vida se soluciona todo. Pero tengo miedo al suicidio, al dolor.

No quiero seguir viviendo.

Los genes malditos

Dónde están tus tutores,
dónde están las personas
que te hacen crecer;
si todo, todos,
te ven como la barbarie infructuosa,
te hacen sentir así;
te sientes así;
y no sabes si alejarte
es la solución
o
dejar de vivir es el camino.

¡¿Pero por qué no seguir vivo?!
¿Por qué los más cercanos oscilan
entre cínicos e hipócritas,
hacen sentirte de menor rango para
mantenerse como los superiores?

¡Qué le pasa al mundo!
¡Que le pasa a las consciencias!
¡Qué ha pasado en tantos milenios
y apenas nos damos cuenta que somos gotas y tenemos sentimientos!
¿Acaso se la pasaron bebiendo té
y descorazonando a este planeta?

[…]

Qué nos ha pasado,
que mientras unos tienen todo,
se vuelven locos,
soberbios
o tiranos,
los otros prefieren morir,
siempre, siempre sintiéndose
la basura genética de sus congéneres.

[…]

¿Tendrenos que alzarnos antes de fenecer?

Soy de esos que cuando ves, dices “Oh, un perdedor; creo que puede ser simpático”, y nunca dejas de verme así, pusilánime. Algunos querrán amistad conmigo, otros sentirán un enorme desdén, que me preferirán inexistente antes que respirando cerca de su espacio personal.

Soy de esos que no les ves futuro brillante, ni ganas de imaginarlo. Sí, es un pleonasmo, una redundancia, una errata: con decirme perdedor es suficiente, no se necesitan más explicaciones ni tropos literarios. Sería… Una <<pérdida>> de tiempo.

Eso me entristece. No sé si soy una clase de Sísifo, a algún personaje trágico me he de parecer. No hay vuelta al asunto, es sólo seguir bebiendo este trago amargo, mientras ciertas personas me verán con desagrado, y yo las veré con pena.

No soy buen hermano, amigo, hijo, pariente, compañero de trabajo, artista, o lo que sea. Ser perdedor lleva toda una responsabilidad en hacerlo mal todo, o por lo menos incomodar.

Incomodar es parte de nuestra profesión, porque no nomás se pierde, sino se incomoda; así llamamos la atención, voluntaria o involuntariamente; así la gente sabe que de algún modo, desafortunadamente, seguimos vivos, por eso seguimos existiendo.

Ahorita estoy encerrado en el cuarto contiguo a la casa de mis padres, mientras mis hermanos conviven, son felices. Yo no sé cómo hacerlos genuinamente reír, a menos que sea por un improperio mío o sea, sin querer, el aguafiestas. Es doloroso ser tan perdedor que hasta haces daño. Incomodas.

Y por eso optas por la soledad. Piensas en morir. Piensas en quitarte la vida. Piensas en desaparecer.

Planeas nulificar el dolor.

Pero quieres vivir y ser como los demás; tal vez ser como esa persona cercana tan cool que conoces, pero estás lejano de su calidad; o tal vez aquel artista hermoso y talentoso, ese que ni se chiste crees que debas de imitar para tener una oportunidad se crecimiento personal, porque, sí, sería un mal chiste. Incómodo.

Oh, lo sé muy bien.

Soñaba con ser primero actor, luego dibujante, después escritor, y para siempre un dandy.

Terminé a mis treinta años estéticamente incómodamente aceptable, dibujaba pésimo y ahora peor, escribo a veces con cierta pasión, luego le sigue un calvario de autocrítica destructiva, no recibo comentarios positivos de lo que hago, me quedo solo, me siento una piltrafa de las letras; y también me siento solo al respecto del arte del amor y el cortejo: soy, y lo saben algunas personas, pésimo para amar, seducir o tener sexo.

¿Ah, dudabas en que fuera perdedor? Ja-ja-ja… Quizás estés muy distraída, o distraído; o puede ser una porque todavía no me has visto en persona. En serio, te dan ganas de ignorarme. Sabrías de inmediato que soy un espíritu menor que deja un hilo apestoso a perdición.

Se siente horrible ser ignorado en medio de una plática por lo que expresa tu espíritu, y de inmediato ese interlocutor apunta hacia otro ser por lo menos un poco más interesante que tú; y quieres retomar las riendas de la atención, pero es posible que ni con un millón de “holas” te vayan a volver a dar la palabra.

Y por eso comienzas a tartamudear.

Y por eso ya no hilas ideas como podrías ser capaz.

Y por eso sueñas con no existir. Ser perdedor es más cansado que ser ese del que hablan todos por sus méritos, éxitos y virtudes; QUE NO TE DIGAN LO CONTRARIO, porque esas personas dirán que ellos también sufren, incluso mucho más que tú, y los más modestos harán como que te confiesan que eran igual que tú o peor.

No. No es cierto.

Todos sufrimos y es difícil ponerlo solamente por grados.

Reitero, levantarte cada mañana y que el aire que respires sean heladas navajas que te hacen recordar que estás vivo: es muy cansado.

No quieres vivir. Imaginas que alguien o algo te mata.

Imaginas cómo te puedes suicidar.

Pero eres un perdedor… Muy posiblemente no hagas nada, porque no tienes el valor ni la valentía de hacerlo. Aunque, bueno, nunca deja de existir una probabilidad para… Ya sabes. Hacerlo.

Esta es otra noche en la que me deseo muerto, una de las otras más que me quedan; hasta que muera en verdad.

Quiero llorar… Pero quiero más morir. No quiero llegar a los 30 y tantos y sentirme igual o peor.

En serio tengo que morir. Tengo que tomar valor. Tengo que convencerme… Y por fin ser valiente en algo.

¿Por qué no nací un Henry Cavill?

¿Por qué no nací un Zac Efron?

¿Un Justin Timberlake?

¿Un Brat Pitt?

¿Un Jared Leto?

O por lo menos un Mark Ruffalo

Un Emilio Esteves

Un Al Pacino

Un Robert De Niro….

O un Joe Pesci…

Algo brillante que salga de la comunidad de los entes extraordinarios de la humanidad. Me harta seguir vivo, vulgar, impotente, ambicioso y molesto.